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Los granos de oro

Era un día caluroso, después de mendigar de puerta en puerta, el hombre pobre descansaba bajo un árbol. Hoy, había recibido solo un puñado de granos y maldecía a suerte.
De repente, vio un carruaje dorado que descendía de las nubes. No podía creer lo que veían sus ojos. El carruaje se dirigió hacia donde estaba él y se detuvo en el camino; de él descendió el Rey de Reyes.
El mendigo se alegró. Era la oportunidad de su vida. Le pediría al Rey todo lo que siempre había necesitado. Nunca más tendría que salir a mendigar de puerta en puerta. Sus días de miseria habían terminado, pensó.
Cuando el Rey estaba dirigiéndose hacia donde estaba él, se preparó para tender su ropa a sus pies. ¡Quién lo iba a decir! El Rey se detuvo enfrente de él, lo miró directamente y ¡extendió Sus Manos pidiendo limosnas! Esto resultó demasiado perturbador. ¿Cómo podía el Rey pedirle a él? ¿Qué podía dar él al Rey de Reyes?
De manera compulsiva, introdujo la mano en su bolsa y sacó solo dos o tres granos que colocó vacilante en las manos del Rey. El Rey cerró la mano, se dio vuelta, regresó a su carruaje y se dirigió a toda velocidad hacia las nubes, de la misma manera en la que había llegado. Todo sucedió muy rápidamente y el pobre hombre se sentía muy triste de ver que su única oportunidad en la vida había sido desaprovechada.
Deprimido, regresó a su choza y sacó un puñado de granos para cocinar. ¡Se asombró al ver que entre ellos había dos o tres granos de oro puro! Gritó y maldijo su suerte. En vano, ¡deseó haber tenido el corazón para ofrecerle todos los granos al Rey!

-Adaptado de Geetanjali de Rabindranath Tagore

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