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¡El peso de la conciencia!

Había una vez, un hombre pobre. No tenía nada que le perteneciera. Para ganarse la vida, solía ir al bosque cercano, cada mañana, a recoger ramas secas, ramitas, frutas y raíces y solía llevarlas para venderlas en el pueblo. Lo que ganaba era suficiente para comprar su comida del día.
Una vez, logró recoger algunas fresas excepcionalmente maduras y dulces. Se las llevó entonces a un ama de casa que se sintió feliz de comprar algo tan exquisito. La mujer las iba a ingresar en su casa para pesarlas. Pero cuando estaba entrando, de repente se dio vuelta y le preguntó al muchacho: “¿Quieres ver tu mismo cuánto pesan? ¿O confiarás en mi palabra? ¿Y si te engaño?”
El muchacho sonrió y le contestó: “Señora, no tengo nada que temer. Si me engaña, usted será la única que pierda.” La respuesta sorprendió a la señora de la casa. Con una mirada de desconcierto en su rostro, le preguntó qué quería decir. Él le contestó: “si me engaña, yo solo perderé unas fresas. ¡Pero usted perderá su conciencia!”

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